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sábado, 1 de octubre de 2011

Pecados destructivos

   Exhalé con fuerza el humo del cigarrillo que se escurría por mis labios. Me inundaba de un olor amargo, de un sabor que llegaba hasta mis centros nerviosos, dispuesto a penetrarse por mis venas y causar algunas de esas enfermedades que mamá cuando era chica me decía que tendría si seguía fumando tanto. Pero ella no lo entendía, no, no sabía lo que era sufrir por una persona, despertar todos los días en una cama distinta sin que recuerden tu nombre o al menos que te den un abrazo, no tener esperanzas en tu carrera, no tener a nadie más que a ese tentador paquete lleno de tabaco que te mira seduciendote, listo para transportarte por los pasillos del placer y la devoción.
   Y  ese día me fui de casa. Me fui porque no quedaba nada, ni vos, que ya te habías ido hace tiempo. Solo eran cajas vacías con las pocas pertenencias que logré juntar con el correr de los años.
   Ese día quise volverme en mis pasos, quise recuperar lo perdido y analizar el panorama con la mente un tanto más clara.
   Pero una vez más se daba a conocer la famosa moraleja: no sabes lo que tiene hasta que los pierdes.
   Juré, en ese entonces, no perder jamás mi amada caja de cigarrillos.

2 comentarios:

CataLina dijo...

Muy Lindo tu blog (:
si queres pasate a ver el mio

http://pensandoloindispensable.blogspot.com


besos

ionelmuscalu dijo...

Nu stii ce ai, pina nu-l pierzi! Asa este!
O postare plina de sens!